Siempre tendremos arte.

Mientras crecía buscaba al arte en cada cosa que hacía.

Por: Cathy Díaz

Me gustaba – y todavía – hacer de todo, siempre me ha parecido sumamente aburrido dedicarte o saber de una sola cosa toda tu vida. Dibujaba, pintaba, cantaba, bailaba, estaba en teatro, escribía, e inventaba mil historias, todo a la escala de la imaginación y personalidad floreciente de una niña extrovertida que se sentía capaz de todo. Un poco después de terminar la secundaria descubrí la fotografía, o más bien, ella me descubrió. Había explorado otras expresiones, pero nunca me había detenido a mirar por ese obturador.

 

Mi mamá me regaló mi primera cámara. En el fondo creo que sus intenciones eran que me convirtiera en la próxima Annie Leibovitz, pero eso no podía estar más lejos de las mías. No era porque desmeritara el trabajo de Annie (habría que tener locura de la mala, para dedicarse a esa profesión, pensé en ese momento), sino porque no me veía haciendo dinero con la fotografía. A pesar de eso, lo intenté un par de veces. Dije “sí” tantas veces como quise decir “no”, con una desahuciada esperanza de sentir algo diferente esa vez. Y es que no me llenaba, no me traía felicidad hacerlo por compromiso o trabajo esperando una remuneración económica.

¿Cuántas veces nos incomodamos nosotros por evitar incomodar a otros? Después de unos años no lo hice más. Tomé la decisión de hacerlo por y para mí. Para mostrarlo cuando y a quien yo quisiera. Y con esto no digo que estoy en contra de quienes viven de esta pasión, todo lo contrario, solo digo que ese nunca fue mi caso.

Para mí la fotografía es desaparecer del presente compartido y crear uno propio en el que sólo estoy yo y lo que veo con la cámara. Es sentir las cosquillas cuando ves el resultado en la computadora y te sientas un buen rato a disfrutarlo y hacerlo más tuyo. Es ver cómo se hacen más vivos los colores cuando ves tu obra exhibida o te escribe alguien (que en muchos casos no conoces) para contarte cómo influyó tu visión en la de él o ella, y qué recuerdos y emociones le afloró. Por alguna razón, toda esta experiencia no es igual cuando lo hago porque me lo piden o por dinero.

Después de otro par de años más, me reencontré con el teatro. Fue un encuentro diferente. “Obviamente”, pensarán, yo no era la misma y él tampoco. Comencé a ensayar. Las técnicas y ejercicios definitivamente eran muy distintos a los que conocía y que francamente no recordaba. Lo rico del arte es que es un espejo en el que te ves a ti mismo desde diferentes ángulos, y no hablo de la cámara enfocándote o el público viéndote, hablo de lo que descubres dentro de ti con cada clase, cada escena, cada escrito, cada imagen.

Siempre entregas y te llevas algo. Desde el momento en que decides hacer lo que te pone incómodo pero feliz, entras en un ciclo de vulnerabilidad constante. Cada expresión es un pedazo de ti que das al mundo y por más vulnerable que te sientas, puede volverse adictivo (qué buena adicción, ¿no?)

Algunas veces me preguntaron “¿y cómo complementas el teatro con la fotografía?” y después de darle vueltas por mucho tiempo y hasta sentirme mal por no identificar esa conexión tácita para algunos e inexistente para mi, reconocí y acepté que no tengo que sentir tal cosa, simplemente soy dos versiones distintas cuando practico cada una. Siento, pienso, expreso y experimento cosas distintas. Me dan y doy cosas distintas, y está bien. No hay que tener reglas y por qué para todo. No hay que llenar las expectativas de todos.

Con el arte, como en la vida, no hay caminos rectos hacia ningún lado. Por periodos, unos más largos que otros, me pasó lo que a muchos. Le bajé un poco más de dos rayitas a disfrutar esas cosas de manera espontánea, a hacerlas sólo porque me hacían feliz. Me pasó que empecé a llenarme de planes, de plazos y términos, de ambiciones, empecé a reemplazar esa autenticidad por fechas y números. Lo bueno es que, el arte siempre está presente, aún con ingratitudes e indiferencias.

Muchas veces pienso en todos los sueños y deseos que dejan de cumplirse por quedarnos pensando en cómo vamos a contestar todas las preguntas. La gente espera escuchar historias de dolor o traumas de parte de un artista. Esperan respuestas elaboradas y conocer sobre fuentes de inspiración de otro planeta, pero la verdad es que no todo es tan complicado. Muchas veces la razón por la que un artista se vuelve uno, es porque decidió dejar de vivir en el pretérito del “siempre quise” y simplemente hacer lo que le hace feliz.


Escrito por la Coordinadora del proyecto Panamá Instantánea de PIPCultural.

Catherine Díaz.

 

 

 

 

 

 

Gestora de proyectos, fotógrafa y actriz de teatro.

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